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(Fuera de concurso se incluye esta referencia aportada por Iñigo Yrizar acerca de nuestro compañero Alvaro Vazquez Dodero)

UN TIPO SENSACIONAL

La vida está llena de regalos y entre los más importantes están los amigos, que con el paso de los años cambian, como cambias tú mismo y tus circunstancias. En ese periodo crucial de los 7 a los 17 años, que incluye nada menos que infancia, adolescencia y primera juventud, es el colegio el entorno natural que te provee de amigos. Con el tiempo, la mayoría quedan en el recuerdo como unos nombres que se dicen de carrerilla con sus correspondientes apellidos y te transportan a unos años difíciles pero felices que se recuerdan con ternura.

Las nuevas circunstancias de la vida se superponen y el tiempo va decantando las experiencias. Son como puertas que se abren y se cierran, relativizándolo casi todo. El olvido depura y deja sitio. En esta trituradora que es el tiempo, sólo algunas realidades de las vividas permanecen, y no siempre son las más previsibles.

Mi amigo del colegio que traspasó conmigo todas las puertas y fue siempre una referencia personal, segura y leal se llama, Álvaro Vázquez-Dodero Bonifaz.

Compañero del curso anterior al nuestro, repitió en cuarto y terminó el colegio con nosotros, pero nunca coincidimos en la misma clase. Yo era de la B y él de la C. Pero algo nos debió unir muy fuertemente. No sabría decir qué. Álvaro venía precedido de lo que hoy se llamaría “una leyenda urbana”, la de un tipo atrevido y arrojado, que aceptaba las propuestas más descabelladas y no se paraba, ante nada ni ante nadie si se le retaba con un: ¿a qué no te atreves…? Su espíritu travieso y juguetón y unas inmensas ganas de reír y ser feliz escondía un corazón profundo, de enorme sensibilidad.

Se que coincidimos dando la catequesis de San Antonio de Valdevivar y desde entonces compartimos creencias profundas y valores de independencia, justicia y solidaridad, que el colegio y nuestras familias nos supieron transmitir y que creo que fueron la base sólida de una permanente amistad, para dos tipos tan distintos como nosotros.

Al salir del colegio nuestra amistad creció en tantas noches compartiendo, en su casa o en la mía, horas de estudio nocturno hasta el amanecer, pertrechados con un termo de café, y quizás algunas pastas que nos preparaban nuestras madres. Horas de estudio, y de confidencias, pero, con Álvaro, la aventura y las emociones estaban aseguradas. Para Álvaro nada era imposible si se lo proponía. Así, cuando estudiábamos en su casa de Velázquez 9, en lo profundo de la noche, el querido Álvaro entraba de puntillas en la habitación de sus padres profundamente dormidos, y, sigilosamente, cogía las llaves del Seat 800 familiar y me conminaba, a mí, que siempre he sido un cagueta, a acompañarle en un vuelta nocturna por las urbanizadas y todavía desiertas calles del barrio de Moratalaz, entonces en construcción. Por supuesto que ni él ni yo, teníamos carnet de conducir. En aquellas tranquilas noches madrileñas, sólo los serenos, refugiados en algunas tahonas o portales que teníamos controlados, se dejaban ver. Todavía me pregunto, cómo fui yo capaz de semejante proeza que se repetía, diría que todas las noches que quedábamos en su casa. El asunto nunca se supo. Lo que se es que no me podía negar a acompañarle sin poner en riesgo nuestra amistad y, ésta, siempre pudo más que ninguna otra consideración.

Compartimos desde entonces muchos proyectos, muchas amistades, tardes de teatro, excursiones y, siendo tan distintos, una amistad que no paró de crecer y una complicidad discordante pero segura.

Acabamos nuestras carreras y Álvaro, pura generosidad y coherente con sus sueños e ideales, ante el estupor de sus padres, decidió irse al Perú a ayudar al Obispo de Cuzco, por cierto jesuita, en labores sociales que entonces se titulaban de misionero seglar y hoy se diría de cooperante. Allí se entregó a tope, como siempre hacía con cualquier proyecto que emprendiera, compartiendo conmigo sus experiencias a través de largas cartas, fotografías y cintas magnetofónicas grabadas con su voz que conservo como uno de mis más queridos tesoros. Se reenganchó un segundo periodo en el que no faltó un grave accidente de automóvil que le hizo pasar por aquellos quirófanos tercermundistas pero, también en el que encontró, en la estación del tren que sube al Machu Pichu, a una joven española de Murcia, sobrina también de jesuitas a quienes había ido a visitar, que sería su mujer y con la que formaría una estupenda familia de tres hijos.

Al volver a España se casaron y nuestra amistad se enriqueció con la de Marujilla, su mujer y Amalia, la mía. Su trabajo, primero en obras públicas y después en turismo, los llevó a distintos lugares de España: Briviesca, Cofrentes, Barcelona, Mallorca y por fin, Murcia. En todos, su casa era nuestra casa, y en todos, vivimos “aventuras” que Álvaro era incapaz de evitar. Nada se le resistía si se lo proponía.

Su autoestima y espíritu de progreso le hizo ampliar estudios en el IESE y especializarse en el ramo del turismo, abriendo, manteniendo y consolidando una Agencia de Viajes de Caja Murcia, a la que se entregó, como siempre hacía, sin reservas personales, con entusiasmo pero, también, con el desgaste de un trabajo sacado a pulso.

Pero, parece que el Señor escoge a los mejores y cuando ya había negociado una jubilación parcial, se le presentó la maldita enfermedad, que, paradójicamente, como me confesó en la intimidad, le proporcionó el mejor año de su vida, luchando como un jabato por derrotarla en cruenta batalla, de la que queda constancia en un maravilloso blog: labatalladelaarrixaca.blogspot.com/, que os animo a consultar. Sin perder nunca el humor, recogiendo a espuertas el cariño de su familia y amigos, que previamente había sembrado, creciendo tanto por dentro, que en el Hospital de la Arrixaca, en Murcia, poco antes de partir, nos hizo sentar a Amalia y a mi a los dos lados de su cama y nos dijo: “Estad tranquilos, no sufráis, yo se muy bien donde voy y estoy feliz”. Murió el día 22 de Noviembre de 2010. “Laus Deo”, como solía decir Álvaro. No hubo cadáver, ni entierro. Entregó su cuerpo a la ciencia para que también en este último trance ser útil. Sin duda hemos compartido estudios, ilusiones y proyectos con un tipo sensacional

Perdonadme estas confidencias que os hago fuera del concurso de redacción convocado para esta celebración. Las hago para que nuestro compañero y amigo, Álvaro Vázquez-Dodero, que no hubiera faltado a esta fiesta, esté presente hoy en estas bodas de oro escolares, aunque sólo sea por mi pobre testimonio. Sabeís, como yo, lo que habría disfrutado al reencontrarse con todos y cada uno de nosotros y las risas y alegría que nos habría regalado.

Madrid, 19 mayo de 2015

Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo

Iñigo Yrizar Velasco

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