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EN LOS CINCUENTA AÑOS DE LA PROMOCIÓN DEL 65

(Pedro Armada)

Queridos compañeros de promoción: tengo que empezar pidiendo perdón por no poder estar con vosotros compartiendo el aniversario.

Cuando me llegó el correo de Machi anunciando la fecha de este magno acontecimiento, ya tenía un compromiso ineludible para el mismo día. Más aún, para una persona como yo, que no hace nada, resulta que en el 23 de mayo de 2015 se me han acumulado hasta seis convocatorias.

Imposible ir a las seis, ni siquiera a dos. Tenemos que reconocer que somos limitados. Por eso empiezo pidiendo perdón.

Que conste que Machi me ha insistido, me ha dicho que “el último Príncipe de la historia del colegio” no podía faltar. Pero no ha habido manera. Y me ha pedido que os mande unas palabras, cosa que hago con gusto por su medio.

Lo más fácil para empezar es hacerlo por el principio. Para mí y para muchos de nosotros, el principio fue Ínfima en el venerable caserón de Areneros. Escaleras enormes, tránsitos interminables en los que alinearse para los concursos de catecismo, el Alabad al Señor, D. Rogelio haciendo puntería sobre nosotros con gomas elásticas. Y después Medio, seguido de Superior, también llamado “Ingreso”.

Tiempos difíciles para unas criaturas de posguerra, con el H. Hernández y sus mapas mudos. O sus dictados llenos de frases con hondura filosófica, del estilo de “A Benita no se le ven bien las venitas de las manos” o “¡Vaya con el caballo bayo, que se saltó la valla!”

Y el Bachillerato, que nosotros empezábamos con diez años. Con dos maestrillos por curso, que fueron saliendo de la Compañía, menos el ínclito Agustín Alonso, hasta llegar a PREU.

El curso 58-59 lo tengo muy grabado. Fue nuestro último año en Areneros y coincidió con los 50 de la inauguración del edificio. El centenario ya lo celebramos, con el P. Adolfo Nicolás, antiguo alumno, presidiendo.

No me extiendo en recuerdos y anécdotas de nuestros años en Chamartín y del cambio que supuso para muchos de nosotros. Seguramente todos las tenéis abundantes y sabrosas. Y, seguramente también, las que pueda contar yo, ya las sabéis.

Doy un salto y, para poneros al día, os hago un repaso veloz de mis últimos cincuenta años, de los que seguramente conocéis menos.

Al terminar PREU, algunos de la promoción entramos en el noviciado de la Compañía de Jesús. Nada menos que Ramón Fresneda nos representa en este acto. Años de formación y estudio, con una cierta trashumancia: Aranjuez, Alcalá de Henares, Saconia, Valdezarza, Roma y Avenida del Manzanares. La “vida pública” la empecé en Don Benito, provincia de Badajoz. Después, tres años en Madrid y el gran salto a Nicaragua, a la Escuela de Agricultura de Estelí. Años de guerra y escasez, años paradójicamente plenos y felices. Cuando mataron a Ellacuría y a sus compañeros en la UCA, el P. Provincial me llevó a El Salvador “para echarle una mano”. Me tocó seguir todo el proceso judicial, investigar y enterarme.

Y me tocó pillar un virus perverso: el dengue. No me morí, pero casi. Me cambió la vida. Me dejó secuelas de debilidad permanente, hasta tal punto que me quedé lo que yo llamo “pocoválido”.

Se acabó Centroamérica, se acabó la vida activa, se abrió un capítulo nuevo. En Badajoz, aprendiendo otra vez a andar, poco a poco, aprendiendo los límites nuevos, buscando qué podía hacer y olvidando lo que ya no podía hacer. Aprendiendo a mirar hacia delante para descubrir posibilidades nuevas.

Poco a poco, hasta que, inesperadamente, me hicieron superior de aquella comunidad. Como me dijo sabiamente mi compañero de tantos años en Nicaragua: “Cuando valías para trabajar, te tenían trabajando. Ahora que no vales para nada, te hacen superior”. Tan bien dicho está, que los sucesivos Provinciales siguieron en ello. Uno me nombró superior del Natahoyo, en Gijón y el siguiente, superior de Vigo.

Y en esas estamos en este año del Señor de 2015. Año del cincuentenario de nuestra promoción.

Y año en el que también Ramón Fresneda y yo cumplimos 50 años de Compañía.

Gracias por la paciencia y que disfrutéis del día.

Un abrazo,

Perico.

 

Vigo, mayo de 2015

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