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JOVENES ANTIGUOS EN GREDOS

(Luis Abad)

Corría el año 1967, concretamente el 16 de julio. Paco Espinosa, Álvaro Vázquez Dodero, Antonio Canseco, Manolo Spínola, Esteban Gómez Barquero, Miguel Angel Usera y un servidor estábamos decididos a pasar unos días de asueto en contacto con la Naturaleza. Queríamos sumergirnos en la inmensa soledad de la sierra de Gredos.

Sufrimos atascos durante 20 o 30 kms. La cafetería de Hoyos del Espino registraba lleno absoluto. Dejamos atrás la civilización gracias a un enorme y antiquísimo “Packard”, que subió con sus 25 caballos la larga cuesta que tenía asignada con todos nosotros y nuestros bultos. En premio lo inmortalizamos con la cámara de fotos.

Tras batallar media hora con las mochilas, logramos encajar el voluminoso equipaje e iniciamos la etapa final.

Íbamos al Circo de Gredos, un lugar perdido entre nieves perpetuas. Un valle a 1.900 m. de altitud, con una laguna excavada por la paciente erosión de los milenarios glaciares que serpentean por las vertientes.

Mi espíritu volaba impaciente por llegar, superando el peso aplastante de mi mochila. Después de consultar los mapas, vaciar cantimploras, preguntar a los pastores y excursionistas que se cruzaban con nosotros, llenar cantimploras y volver a vaciarlas, encontramos la subida final.

    Se abrió ante mis ojos un espectáculo inolvidable: el atardecer a la entrada del Circo de Gredos. El sol de la noche daba un aspecto sombrío y majestuoso a los macizos de Poniente, mientras que los de Levante mostraban todo el esplendor de su vigorosa belleza iluminados por los últimos rayos de luz. Los pájaros me sacaron de mi embelesamiento y pude contemplar la luna que nos daba la bienvenida. Me impresionaban los negros picos recortados contra el cielo calcinante. Los lunares blancos que salpicaban la sierra indicaban que, impertérrito, Gredos se resistía a los calores del verano.

Aparté mis ojos de las moles verdinegras para mirar al fondo del valle. ¡Allí estaba! ¡nuestro lugar de destino! ¡nuestra laguna!, es decir, a vista de pájaro, ¡nuestro charquito!, rodeado de motitas naranjas, azules, verdes…, fieles indicadores de que no conseguiríamos acampar en soledad.

Caía la noche y había que apresurarse. Cuando llegamos al lugar de acampada era noche cerrada. Pero eso no impidió que Paco celebrara una misa dominical en medio de aquella salvaje naturaleza, con la luna casi llena que daba al paisaje un aspecto lunar.

Nunca olvidaré aquella misa. Ayudábamos Esteban y yo. Más que ayudar a misa, tomábamos parte en una refriega cuyo objetivo primordial era evitar que el aire apagara las velas que ambos sosteníamos. Mientras, Espinosa, con su blanca casulla al ritmo del viento, descifraba su misal con una pequeña linterna.

Y en la plenitud de la misa, la luna se paró a observar entre dos agudos picachos, dando al resto un aspecto fantasmagórico.

Sin embargo, todo era cotidiano, una misa más, una consagración más, tan real allí como en la tranquilidad de Chamartín, o en la inquietud de la misa antes de la batalla. El mismo fenómeno nos parecía más grandioso por el hecho de estar rodeados de una majestuosa naturaleza. Me pareció fácil ver a Dios en aquel ambiente y pensé que muchas veces nos quedamos ahí. Sólo vemos a Dios en el ambiente que nos embriaga y nos eleva, es difícil introducirle en el ritmo monótono de nuestras vidas.

Al terminar la ceremonia, desmontamos el altar portátil y Paco dirigió el montaje de las tiendas, mientras que Álvaro, sobreponiéndose al cansancio, logró prepararnos una sopa que, para mortificarle, bautizamos con el nombre de “sopa de grumos”, aunque en confianza os diré, que nos supo a gloria a todos.

Nadie fregó, nos acostamos en estado de sonambulismo. Al día siguiente, nos dedicamos a recuperar nuestras fuerzas y a inspeccionar el paisaje. Álvaro y Manolo hicieron un rápido descubrimiento: ¡un nevero! Y allá se fueron a esquiar, con la compañía de Paco, claro está, dispuesto a ofrecer sus auxilios a los aventureros.

Manolo, más experto, se lanzó el primero haciendo un recorrido impecable. Álvaro no podía caerse: bajaba sentado  hasta que un obstáculo lo detenía, entre las risas de todos. Al final Manolo enseñó a esquiar a su amigo y Paco los fotografió desde abajo.

El 18 de julio fue un día emocionante para nosotros, nos propusimos ascender a la cima del gigante del macizo: el imponente Almanzor, con sus 2.593 m. Cargamos una mochila con víveres, ropa y medicinas, e iniciamos la subida. Subida en la cual hallamos la “grandiosa soledad, tralará…” de la canción, que tanto anhelábamos. Yo a mi vez experimenté los molestos efectos del “soroche” o “mal de montaña”, que me impidió coronar la cima y gozar las vistas que, según mis camaradas, fueron dignas de verse.

Pero me incorporé al gozo general del descubrimiento de las “capras hispánicas”

ágiles animales que pueblan estas montañas. Ágiles e inteligentes a un tiempo, se dieron cuenta de que no éramos cazadores y se dejaron fotografiar.

Al volver al campamento sólo quedaban de los excursionistas las manchas cuadrangulares de las tiendas. Pero nuestro gozo en un pozo, en su lugar había un “poncho” de color camuflaje, y a lo lejos vimos una gran masa de chiquillos que se acercaban. Les dimos la bienvenida. Resignación, pensé,  después de todo fueron formalitos. Su jefe les dejó acostarse sin cenar,  porque estaban agotados. Nosotros sí cenamos. Al acabar nos reunimos en un “circumloquio”, que no fue “circum”, sino “loquio” de Espinosa.

El miércoles fue para nosotros un día tranquilo. Lo dedicamos a reponer fuerzas, acabando con las últimas reservas de pan, y con otra hogaza que nos dieron nuestros compañeros del “poncho”, que ya por entonces eran nuestros amigos.

Desde el jueves nos apretamos el cinturón: comeríamos sólo galletas en vez de pan, hasta entrar el domingo en Guisando. También nos ajustamos los cordones de las botas, porque ya no habría más “relax”, todos los días abriríamos camino al andar.

El jueves fuimos  a Cinco Lagunas, cinco lagos perdidos en la sierra. La marcha fue larga y penosa. Al remontar la última cima y divisar el circo, sin pararnos a gozar del panorama, nos lanzamos pendiente abajo, saltando de risco en risco, y aprovechando los neveros para acelerar la bajada, al modo de nuestros audaces esquiadores, llegamos en un santiamén a la orilla de la segunda laguna. Pero, curiosamente, los primeros en llegar, nada más entrar en contacto con el agua volvieron grupas pendiente arriba lanzando alaridos.

El cortísimo baño nos proporcionó un excelente castañeteo de dientes que aprovechamos para triturar el último tarugo de pan que aún quedaba.

De vuelta divisamos nuestra laguna con el sol ya oculto. El campamento de los 30 muchachos de Badajoz había levantado ya el vuelo, rumbo a su tierra.

Conscientes de nuestro cansancio y del esfuerzo que nos esperaba en los próximos días, cenamos rápidamente y nos acostamos antes de las diez, no sin antes admirar por última vez la paz que se respiraba al entrar la noche en aquel perdido rincón del mundo.

Al amanecer, desmontamos las tiendas, cargamos las mochilas, nos despedimos de nuestros amigos del “poncho” y pusimos rumbo a “La Mira”, tras despedirnos de aquel lugar para nosotros ya familiar. Habíamos arraigado perfectamente en él, y él había arraigado profundamente en nosotros. Darle la espalda era costoso. Nos volvimos a contemplarlo desde diversos ángulos y perspectivas para grabarlo nítidamente en nuestra memoria, hasta que lo perdimos de vista.

Superado el circo de Gredos, desapareció la tristeza del adiós. Teníamos otra empresa: coronar la “Mira”,  y lo que quedaba atrás no importaba. Se nos abría un nuevo futuro y a él nos encaminamos con entusiasmo. Caminamos hasta que nos pilló la noche en un extenso prado, plagado de rumiantes. Acampamos entre ellos y organizamos una reunión, un fuego o como queráis llamarle. El caso es que estábamos allí, charlando, en un lugar absurdo, unos hombres con destinos e ilusiones muy distintos y parecidos a un tiempo.

Nuestro techo era el cielo estrellado, nuestro suelo, la verde y blanda hierba. Arriba, las estrellas, gigantescas y diminutas a un tiempo. Me sentí pequeño e insignificante ante la Naturaleza y así me lo parecieron mis amigos. Todos minúsculos ante el Universo.

Mientras, la voz serena de Francisco repetía: “Todas las estrellas del firmamento, los animales, todo lo bello y, en suma, la Creación entera perfectamente ordenada desde lo microscópico hasta lo macroscópico, vale menos que cada uno de vosotros. Todo está así para vosotros, sólo vosotros sois inmortales”.

Al día siguiente, al coronar “La Mira” y dar fin con ella a la excursión, al ver   la  enorme mole de los escarpados “Galayos”, resonaron en mí el eco de sus palabras: “Toda esa belleza no es nada comparada con el valor de un alma humana”.

17 de mayo de 2015

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