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SE HA DESCUBIERTO EL PASTEL

Marcelo Catalá

“Situémonos: 3º de bachillerato, por tanto, colegio de abajo, año 1961. Hora: sobre las 13,00.Nos dirigíamos desde las clases de abajo hasta los comedores de arriba, en riguroso silencio y en formación de doble fila india, un camino de tierra y de polvo, cuando aquella estaba seca. Si recordáis, en medio del itinerario, se encontraba el viejo edificio que ha albergado de todo, internado, salón de actos, Preu, COU, etc…Más recuerdos. Nos escoltaban, en esa larga marcha, los inefables Madariaga (“el rubio”) y Noriega (“el moreno”), casi nadie al aparato. Caminaban bajo las dudas que el Concilio Vaticano II cernía sobre la Orden. Ellos eran más modernos, más cercanos, intrépidos en el conjunto “jesuítico”. Al final les fue difícil aguantar el tirón, y debieron arrojar la toalla.Bueno, seguimos la narración. En un momento intermedio de la “escalada” hacia el comedor, a la altura del viejo edificio citado, se me acercó Madariaga, con una sonrisa un tanto irónica, guasona, con ojitos sonrientes; se agachó – nosotros éramos más bajitos por encontrarnos en fase de crecimiento – y me susurró al oído:SE HA DESCUBIERTO EL PASTEL”
La cabeza me retumbó, las rodillas flaqueaban y una nube de rápidos pensamientos me condujeron al ¡¡¡tierra trágame!!!Qué podía hacer yo, sino seguir andando, como si nada hubiera sucedido, como quien oye llover. Pero la faena era grande y el “como saldré de esta” era lo único que circulaba por mi cabeza durante los siguientes largos minutos, realmente durante horas y horas. No podía articular palabra. No recuerdo si comí o no comí. Quedó mi mente en blanco.La llegada a casa por la tarde, que retrasé lo que pude, se me hizo complicada, porque sabía que algo iba a ocurrir, aún cuando no sabía qué, e ignoraba la forma en que se iban a producir, desde ese momento, las comunicaciones. La suerte estaba echada. Llamé a la puerta y mis padres, como si de un Sanedrín se tratara, me recibieron serios. “Pero ¿cómo has podido hacer tal cosa, hijo?; mi contestación fue escueta y clara “perdonad, papás; no quería enseñaros una calificación inusualmente mala”.Relato de los hechos que dieron lugar a todo lo anteriorDespués de la consabida lectura pública de las notas, para escarnio de los peores, honor de los mejores y, ni fu ni fa para el resto, me entregaron, como al resto, las notas leídas. En las mías figuraba un 2 en matemáticas. Realmente había tenido hasta entonces muy pocos “cates”, pero jamás había bajado la calificación de 4. ¡Esto era un 2! ¡Insoportable!¿Cómo iba a llegar con este dato a casa? ¿Qué rapapolvo se podía avecinar en casa con tal información? Dicho y hecho: había que tachar con cuidado el 2 y sustituirlo por otro dígito más asumible. Puestos a ello, lo más lógico habría sido cambiarlo, por lo menos, por un aprobado.Pues no, inocente de mí, me conformé con sustituirlo por un miserable 4. Por cierto, que lo hice tan mal (en mi casa no lo advirtieron) que, en el Colegio, cuando devolví firmadas las notas, lo descubrieron todo. Consecuencia: comunicación del Cole a mis papás, etc …El resto, ya esta contado más arriba.

 

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