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Abril de 2015.

 

Llegué en el verano de 1961, cerca de los 13 años. Mi padre, que nos había precedido, me dio cinco duros y me dijo: «Vete a conocer Madrid; el Metro vale una peseta». Yo iba con pantalones cortos, aunque era alto; en Zaragoza no chocaba, pero aquí los albañiles me decían cosas.

En octubre comencé 4º en el Recuerdo; el primer día al volver a casa insistí en ponerme en adelante los pantalones largos de las fiestas. Descubrí que en el autobús 16 a Chamartín (por supuesto, en el piso de arriba) viajábamos muchos compañeros, que vivían en Argüelles y habían comenzado en Areneros. Allí conocí a Juancho, que para mi sorpresa usó desde el principio nuestros nombres de pila: en el cole de Zaragoza él hubiera sido “Fulanez” y yo “Menganez”. Juancho me ayudó muchísimo con mi adaptación; entre otras muchas informaciones útiles, me aclaraba peculiaridades del dialecto de la Capital: «desgraciao» e «infeliz» eran insultos, no valoraciones de la situación económica o emocional de una persona; «gilipollas» quería decir «tonto de la punta de la curva de la felicidad», vamos, tontolaba.

El Padre Núñez nos hizo una prueba de Historia a poco de comenzar el curso. Dictaba las preguntas, y yo las escribía cuidadosamente. Al terminar de dictar, avisó que dejáramos de escribir, y comenzó a recoger. Protesté encendido, con mi acento maño, que no daba tiempo a responder el «concurso» (risas); había que haber contestado sobre la marcha, sin copiar. Me hizo un examen oral al día siguiente: «ah, ya te entiendo, te lo sabías».

Otra sorpresa: en la hora de gimnasia aquí se podían practicar deportes. Yo odiaba la gimnasia, pero era malo en fútbol, y el hockey sobre patines me parecía estratosférico. Dije atletismo, sin saber muy bien qué era eso; ¿especialidad? – peso (yo me tenía por fuerte). Matinot me miró y me dijo: fondo. Andando el tiempo, me alabó en público: «Hay que entrenar, entrenar y entrenar. Mirad que “Menganez” era un paquete, y ahora termina las carreras». También decía, con su dificultad en el habla: «hay que jorobarse positivamente».

En Zaragoza estudiábamos francés; el Colegio me permitió no pasar al inglés hasta que hiciera la Reválida de 4º, con la condición de estudiar inglés en el verano antes de incorporarme a 5º, y estar presente en las clases de 4º estudiando y sin molestar. Ni a mi familia ni a mí se nos ocurrió pedir otra cosa. Algún compañero me gritó en el recreo cosas, supongo que en inglés, y se llevó un empujón; en Zaragoza éramos más primitivos.

Después de un año de volver a casa a mediodía, con el tiempo muy justo, comencé a llevarme una tartera al colegio. Siguiendo los consejos y el ejemplo de mis compañeros, nunca probé la sopa amarilla de fideos que el Colegio nos suministraba día tras día, y me comía mis empanadillas frías. Este «lunch» a la americana, antes de sospechar qué era eso, ofrecía una gran ventaja: los «de bar» terminábamos de comer antes que los mediopensionistas, y cogíamos sitio en el frontón. También había más tiempo hasta la hora de clase, y jugábamos grandes partidos de pelota mano, y a veces de pala.

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